Una Tarde En Lo De King


¡Ay, dios mío, vaya que existen grandes placeres en esta vida! Las tres “c” son el resumen perfecto: Cagar, comer y coger. Sin embargo, le apostaría mi alma a algún Langolier a que otro de los grandes placeres que existen, es sin duda leer algún cuentecito, simpático y excéntrico de Stephen King. El sobrevalorado, para algunos, maestro del terror creador de “Carrie” o “El Resplandor”. Como sea, a lo que voy es que el placer se ve aumentado al cien cuando te das cuenta de que no todo lo que gira en el universo de este señor, tiene que ver precisamente con monstruos, alienígenas o asesinos.

 

 

Claro ejemplo del cuento: “Una tarde en lo de Dios” y bueno, yo me resigno, no me queda de otra. Bienvenidos a: “Una tarde en lo de King”, escrito por el sujeto raro de los zombies: Héctor Jesús Cristino Lucas.

 

Stephen King vuelve a crear otro universo en un par de hojas, ésta vez con la finalidad, (imposible de percibir y estúpido de deducir pero qué le hacemos) de hacer reír al lector, con algo de lo que no debería reírse. En pocas palabras, un chiste de mal gusto, para algunos buenos samaritanos del catolicismo.

 

“Una tarde en lo de Dios” es un cuento escrito como si fuera una especie de mini-obra de teatro, y de comedia irreverente, hay que aclarar.

 

Primero, tenemos frente a nosotros el nombre que tanto promueve la curiosidad pegajosa: ¿Qué hace Dios en una tarde común y corriente? ¿Qué se le ocurre hacer cuando el mundo asesina, lleva a la escuela a sus hijos, va al trabajo, compra en el Wal-mart o tiene sexo insaciable? Bueno, todas esas dudas componen el título de forma sutil, monótona y hasta simpática. Algo así como un sujeto afuera de la carpa gritando: “¡Oh sí, vengan a ver qué hace Dios en una tarde. Vengan, boletos gratis!” 

 

EL CUENTO ABRE CON: “ESCENARIO EN PENUMBRAS”

 

Una frase que nos indica al instante que lo próximo a leer emularía más que nada a una obra de teatro que a un cuento. Esto por las clásicas anotaciones pertinentes que hay que llevar para describir el contexto o las acciones de los personajes en el formato de una obra.

 

Sin embargo, y aquí el gran “pero” de mis opiniones, es que la situación no quiera reflejar un  simple guión para alguna puesta en escena, sino que se acerca a una función del lenguaje como lo es la metalingüística, de querer contar la historia, adrede, en una línea narrativa como lo es “una obra”. Quizás porque, y esto hay que tenerlo en cuenta, que todos hechos que se van develando de apoco, figurarían a convertirse, en algo cínico y sin importancia. Además claro, de que quedarían representados de mejor manera como una “simpática” obra de teatro que raya mucho en la comedia.

 

Lo que sigue es la descripción exacta del contexto en el que estamos parados. Una referencia clara de un párrafo de la que no es necesario ser tan específicos, ya que por sentido común entendemos que estamos en el cielo. Sin embargo, dicha descripción se extiende a explicar, más propiamente, que nos encontramos en la oficina de “trabajo” de Dios:

 

 “Acto seguido un reflector ilumina un globo de papel maché que gira sobre sí mismo en el medio de la oscuridad. Poco a poco, las luces del escenario SE ENCIENDEN y podemos ver una desnuda representación de una sala de estar: una silla común y corriente junto a una mesa (hay una botella de cerveza abierta sobre esa mesa) y un televisor al otro lado del cuarto. Hay un refrigerador de picnic lleno de cerveza bajo la mesa, además de cierta cantidad de botellas vacías. DIOS la está pasando en grande. Se advierte una puerta a la izquierda del escenario.”

 

De igual forma, éste párrafo se vuelve indispensable para comprender la poética que el autor está manejando. Con el pequeño pero muy significativo detalle: Hay un refrigerador de picnic lleno de cerveza bajo la mesa, además de cierta cantidad de botellas vacías. DIOS la está pasando en grande. Se advierte una puerta a la izquierda del escenario.” Nos queda entendido, el autor (emisor) le otorga al receptor (nosotros los lectores) el intenso sarcasmo, además del cinismo y la despreocupación de referirse a Dios.

 

También es indispensable aclarar la fática que representa este cuento-obra. Tras las acotaciones y sobretodo, descripciones, ya sea del lugar o personaje, la trayectoria de la narración, hace que el receptor se sienta cómodo. Con esto me refiero a que es posible que nos encontremos leyendo “Una tarde en lo de Dios” en la pantalla de la computadora, pero es el mismo formato lo que hace que nos transportemos a un asiento de algún teatro cualquiera en nuestra imaginación, no sé, pongamos de ejemplo la: París Opera House”.

 

LO ANTERIOR QUEDA EXPUESTO DE MEJOR MANERA EN EL PÁRRAFO SIGUIENTE:

 

“DIOS —un tipo corpulento de barba blanca— está sentado en la silla, leyendo un libro (Cuando las cosas malas le suceden a las personas buenas) y mirando la pantalla alternadamente. Cada vez que quiere mirar la tele tiene que estirar el cuello porque el globo flotante (que imagino que en realidad cuelga de un hilo) se encuentra justo en la línea de su visión. Por la tele están pasando una comedia. De vez en cuando DIOS se ríe entre dientes junto a las risas grabadas.”

 

Gracias a la narrativa con la que está compuesta la historia, la metalingüística, King nos otorga en dos simples párrafos, la simulación de una obra de teatro en nuestra mente, como un doble contexto que queda entendido a la perfección, el nuestro y el de la historia. Además, revela su poética, un tanto cínica y sarcástica que poco a poco se desarrollará en el transcurso del texto.

 

Ya nos ha presentado a los dos primeros personajes. Número uno, el narrador focalizado, que es un despreocupado, llamémosle así por mera suposición, director de esta obra de teatro que conoce casi todo de los personajes y de la situación. Y digo casi porque no todo se ve expuesto aquí, por ejemplo:  

 

Cada vez que quiere mirar la tele tiene que estirar el cuello porque el globo flotante (que imagino que en realidad cuelga de un hilo) se encuentra justo en la línea de su visión.

 

Este narrador parece desconocer algunos cuantos detallitos, que si bien son insignificantes, también parece no querer revelarlos. Como si se tratase de un método especial para darle “carisma” y “estilo” a la historia.  A pesar de ello, conoce gran parte de lo que está ocurriendo pero no lo revela de a golpe, sino que va indicando poco a poco qué es lo que tiene, están o deben hacer. Y es, precisamente, a la focalización principal del personaje número dos, ósea, Dios.

 

A partir de nombrarlo y presentárnoslo, todo indica que seguiremos paso a paso las acciones de éste.

 

Bien, analicemos lo que tenemos: Dios se encuentra sentado en un escritorio leyendo un libro de nombre “cuando las cosas malas le suceden a las personas buenas”, de frente a un globo flotante que por ahora no tiene explicación de ser en la historia. Mismo, obstruye la visión que éste tiene hacia una televisión encendida. Dios se ríe de vez en cuando de acuerdo a la programación.

 

LO QUE SIGUE EN ESTE ASUNTO ES:

 

“Suena un golpe en la puerta.”

 

Es ésta frase lo que da pie a que “algo” significativo ocurra en la historia. Un enredo que da movilización a la historia, representado aquí, como un golpe a la puerta que perturba las acciones diarias del personaje.

 

LA HISTORIA COMIENZA A CORRER CON LO SIGUIENTE:

 

DIOS (con la voz bien amplificada):

¡Adelante! ¡Pase, pase que está abierto!

La puerta se abre. SAN PEDRO entra en escena, vestido con una moderna túnica blanca. Además está llevando un maletín.

DIOS:

¡Pedro! ¡Creí que estabas de vacaciones!

SAN PEDRO:

Salgo en una hora y media, pero pensé en traerle los papeles para que los firme.

¿Y usted cómo se encuentra, DIOS?

 

Quien perturba y da rienda suelta a que la historia siga girando, es el tercer personaje: “San Pedro”. Quien no es necesario darle gran descripción por ser, al mismo tiempo que la gran deidad, dos personajes casuales en la vida, incluso para los más ateos gracias a Dios.

 

DESPUÉS DE ESTO, LA HISTORIA CONTINÚA CON:

 

DIOS:

Mejor. Ahora sé lo que es comer esos ajíes picantes. Me hacen salir fuego por ambos extremos. ¿Trajiste las cartas de las transmisiones del infierno?

SAN PEDRO:

Sí, por fin. Gracias a DIOS. Si es que me disculpa el juego de palabras.

 

Hasta ahora, la situación nos muestra a un Dios en sus miles de ocupaciones, en apariencia monótonas. Además de las relaciones interpersonales que éste conlleva en su trabajo. San Pedro en cambio representa la vida diaria del personaje principal, por la forma en que toca a la puerta, saluda de lo más normal y le entrega unas cuantas cartas. El diálogo que van entablando nos centra en el universo creado por King.

 

LUEGO:

Saca algunos papeles de su cartera. DIOS los examina y luego tiende una mano con impaciencia. SAN PEDRO se había quedado observando el globo flotante. Luego vuelve la mirada, descubre que DIOS lo está esperando, y le coloca una lapicera sobre la mano extendida. DIOS garrapatea su firma. Mientras lo hace, SAN PEDRO vuelve a mirar fijamente al globo.

 

SAN PEDRO:

¿De modo que la Tierra sigue allí, eh? Después de todos estos años.

DIOS le devuelve los papeles y la contempla. Luce bastante irritado.

DIOS:

Sí, la mujer de la limpieza es la perra más olvidadiza del universo.

 

 

Parte importantísima de la historia. Aquí radican muchos puntos que debemos ir desglosando de a poco. Para empezar, vuelvo a recalcar que el narrador se trata nada más y nada menos que de un personaje focalizado. Al principio no mencionó que el globo se tratase de la Tierra, sino que el transcurso de la historia nos lo demostró.

 

También nos encontramos frente al “motivo trabado” más significativo de la historia.

 

San Pedro, tras las actividades diarias (motivos trabados también ya que sin estos no entenderíamos qué sucede o qué da pie al argumento principal) observa el tan misterioso globo descrito al principio de la narración. De manera que éste, se le revela al receptor como la “Tierra”. Y es, en lo personal, el cuarto personaje.

 

No se le puede omitir, es el motivo trabado principal. Por alguna razón se le mencionó al principio.

 

SIGAMOS:

 

Una EXPLOSIÓN DE RISAS suena en la televisión. DIOS estira el cuello para poder ver, pero es demasiado tarde.

DIOS:

¡Maldición! ¿Ese era Alan Alda?

SAN PEDRO:

Puede que haya sido, señor; en realidad no logré verlo.

DIOS:

Yo tampoco.

Se inclina hacia adelante y aplasta al globo flotante, reduciéndolo a polvo.

DIOS (inmensamente satisfecho):

Bien. Hace bastante tiempo que andaba con ganas de hacerlo. Ahora puedo ver la televisión tranquilo.

SAN PEDRO observa con tristeza los restos aplastados de la Tierra.

 

 El cuarto personaje, un globo que es realmente la Tierra, entorpece la visión de Dios. Le crea una pugna significativa ya que éste le perturba su actividad preferida de sobremanera. No le permite ver la televisión. Hay una contradicción de intereses, aunque no tan recíprocos, contradicción al fin:

 

El globo que obstruye la visión, al parecer por culpa de la perra de la limpieza… y bueno, Dios queriendo ver su programa favorito. He aquí la pugna del argumento.

Expuesto eso, la intriga, es decir, la forma en la que se conduce la pugna, da como resultado el enfado del personaje a tal grado de cometer su acción. Reventarlo sin piedad alguna.

 

DESPUÉS:

 

SAN PEDRO:

Umm... me temo que ése era el mundo de Alan Alda, DIOS.

DIOS:

¿En serio? (risitas en la televisión) ¡Robín Williams! ¡Yo AMO a Robin Williams!

SAN PEDRO:

Me parece que Alda y Williams se encontraban allí cuando... bueno... cuando usted pronunció el Juicio Final, señor.

DIOS:

Oh, no hay problema: tengo todos los vídeos. ¿Quieres una cerveza?

Cuando SAN PEDRO acepta una, las luces del escenario comienzan a bajar de intensidad. Un reflector se concentra sobre los restos del globo.

SAN PEDRO:

Realmente me caía bien, DIOS; la Tierra, quiero decir.

 

DIOS:

No estaba tan mal, pero hay más de esas por ahí. Y ahora... ¡Brindemos por tus vacaciones!

 

Lo que motivó al personaje a destruir la Tierra, hasta este preciso momento, parece culminar por completo la pugna de la narración. Dios está satisfecho, el problema se resolvió y puede seguir viendo su programación favorita sin interrupción alguna.

LUEGO:

 

Ambos no son más que dos sombras en la penumbra, aunque DIOS es el más fácil de distinguir porque tiene un débil halo de luz alrededor de su cabeza. Hacen entrechocar sus botellas. En la tele suenan varias carcajadas.

DIOS:

¡Mira! ¡Es Richard Pryor! ¡Ese tipo me mata! Aunque imagino que también estaba...

SAN PEDRO:

Ummm... así es, señor.

DIOS:

Mierda. (Una pausa). Tal vez fuera mejor que dejara de beber. (Otra pausa). Aunque de todas formas... iba a terminar de esa manera.

 

En éste punto, el personaje se da cuenta de que su solución, llevada a cabo literalmente por sus propias manos, realmente no lo era tanto.

Al intentar resolver lo que le aquejaba, sólo hizo que la pugna inicial volviera, de diferente manera, pero lo hizo. Es decir, sí logró seguir viendo la televisión, pero al destruir el mundo, sencillamente también destruyó sus programas y sus actores preferidos. No volvería a verlos jamás… a menos que tuviera todos sus videos como los de Alan Alda y Robín Williams.

 

Lo siguiente es la preparación narrativa, para terminar con broche de oro alguna obra de teatro:

 

La escena se funde en negro, salvo por el reflector que ilumina las ruinas del globo flotante.

SAN PEDRO:

Sí señor.

DIOS (murmurando):

¿Mi hijo volvió, no?

SAN PEDRO:

Así es señor, hace ya algún tiempo.

DIOS:

Bueno. Entonces está todo al pelo.

EL REFLECTOR SE APAGA.

 

La historia es minimalista, y al igual de cínica que al comienzo, mantiene su importante desenlace con una especie de resignación por lo que Dios, en un arrebato de furia, le costó sus actividades preferidas. De esta forma, todo culmina con un pequeño chiste en la obscuridad, cuando todo parece apagarse y el telón rojo está a punto de caer. Un chiste que muestra la única preocupación del personaje: Su hijo ya había vuelto. Aún así, qué ocupado ha estado el Padre para no notarlo.

 

Interesante análisis el del cuento. Bueno, está bien lo admito, llamarle “análisis” resulta muy estúpido. Es cuestión de ángulos, supongo.

 

No hay misterios que resolver, la exposición el desenlace es directa. No fueron nuestros pecados y desobediencia los que provocaron el juicio final, sino nuestra existencia en la visión de Dios, le obstruimos a lo que realmente quería ver. Creo que no paro de reír aún ahora.

 

Despreocupado e individualista, así es el Dios que intenta mostrar King, pero a pesar de que he calificado su trabajo como cínico, creo yo, el cinismo está envuelto en una capa de suave, delgada y quebradiza aura de inocencia y ternura. Es decir, al final Stephen King nos dice: “Ey, ahí está Dios, existe, nos está viendo mientras disfruta las mejores actuaciones de Robín Williams”.

 

Ok, ni que le haya preguntado a él si eso quería decir, pero ya es la última parte de “Una tarde en lo de King” y mejor aprovecho mis pensamientos alborotados. Además, quería terminar de la misma forma que él.

 

Digo, al final de cuentas, por alguna razón, ya sea gracias a la perra de la limpieza o no, estamos en la sala de trabajo de Dios…

 

¡Entonces está todo al pelo!

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